Mi historia con el emprendimiento comunitario Sumak Yaku comenzó cuando tenía apenas 13 años. En ese tiempo, yo era una niña curiosa, alegre, siempre atenta a lo que ocurría a mi alrededor. Me gustaba acompañar a mi mamá a capacitaciones y reuniones, observar, aprender en silencio.
Ahí conocí más de cerca el emprendimiento de aceites esenciales, que había nacido años atrás y que entonces crecía con fuerza. Pero, sobre todo, recuerdo a mi madrina, Bertila. Ella era una lideresa. Una mujer trabajadora, comprometida, que soñaba con ver a su comunidad salir adelante. No solo pensaba en generar ingresos para las familias, sino en hacerlo sin perder la cultura, las tradiciones y ese sentido de comunidad que nos une. Sin darme cuenta, empecé a mirarla como un ejemplo.
En ese momento, mi interés por el emprendimiento nació, aunque todavía era una semilla. Observaba, escuchaba, pero no imaginaba todo lo que vendría después.
Con el paso de los años, mi madrina falleció. Y con su ausencia, el emprendimiento también empezó a debilitarse. Los socios dejaron de participar, la organización perdió fuerza y parecía que todo lo construido podía desaparecer.
Años después, otra mujer marcó mi camino: Gabi. Ella me invitó a participar en ferias. Acepté por curiosidad, pero ahí encontré una nueva forma de aprender. La observaba hablar con los clientes, explicar los beneficios de los aceites con tanta claridad que lograba conectar con casi todos.
Yo anotaba todo en un cuaderno. Cada palabra, cada explicación. Luego le pedía intentar yo también. Al inicio fue difícil, pero poco a poco fui perdiendo el miedo. Gabi creyó en mí, al igual que mi mamá, que siempre me impulsó a seguir.
Cuando Gabi se mudó, el emprendimiento volvió a quedar sin liderazgo. Fue en ese momento cuando sentí que no podía dejar que la historia se repitiera. Al ver que el proyecto corría el riesgo de perderse, tomé una decisión: involucrarme de verdad.
Inspirada por mi madrina, por mi mamá y por Gabi, asumí el reto de continuar. Empecé como administradora voluntaria del emprendimiento de aceites esenciales. No fue fácil, pero con el apoyo de mi familia, la fe y las personas que confiaron en mí, seguí adelante.
Decidí conocer a fondo lo que ofrecíamos. Investigué sobre los aceites, sus propiedades y beneficios. Probé cada uno: hierba luisa, canela, limón, naranja. Experimenté sus efectos en mí y en otras personas. Esa experiencia me dio algo muy valioso: confianza.
Desde entonces, cuando hablo con los clientes, no solo vendo un producto. Comparto mi experiencia. Les explico que cada cuerpo es distinto, pero que estos aceites, que nacen de nuestras chakras amazónicas, tienen un valor que va más allá de lo comercial.
Mientras tanto, los productores seguían trabajando la tierra. Cultivando en sus chakras, cuidando la materia prima, regenerando espacios ancestrales sin dejar de lado nuestra cultura. Su esfuerzo diario me recordó siempre por qué valía la pena continuar.
Sabía que no podíamos hacerlo solos. Por eso empezamos a buscar alianzas, oportunidades, apoyo. Fue así como decidí postular al proyecto Juventud Verde de World Vision. Lo hice con la esperanza tranquila de quien intenta y confía.
Cuando recibimos la noticia de que habíamos sido seleccionados, sentí una alegría inmensa. No solo por mí, sino por toda la asociación. Desde ese momento, empezamos un proceso de aprendizaje y fortalecimiento. Recibimos capacitaciones, organizamos mejor nuestro trabajo y comenzamos a ver cambios reales.
Hoy, el emprendimiento está más fuerte. La organización ha crecido y las familias también se benefician de este esfuerzo colectivo. Este camino no lo he recorrido sola: ha sido posible gracias al apoyo constante de quienes han creído en nosotros.
Sigo trabajando con la misma motivación con la que empecé. Porque este emprendimiento no es solo una fuente de ingresos. Es una forma de mantener vivas nuestras chakras, de proteger nuestra flora y fauna, de honrar nuestras raíces. Y sobre todo, es una forma de demostrar que, cuando una comunidad decide no rendirse, siempre puede volver a levantarse.
A través del proyecto Juventud Verde, con el apoyo del programa LACT, que implementa The Karlsson Játiva Charitable Foundation, e implementado por World Vision Ecuador, 23 emprendimientos como el de Erika están liderando cambios en la Amazonía ecuatoriana.
Durante 2026, jóvenes emprendedoras y emprendedores han fortalecido sus capacidades para hacer crecer sus negocios, desde el diseño de su modelo hasta la gestión de sus recursos. Además, reciben capital semilla y participan en ferias e intercambios de experiencias que les permiten aprender, conectarse y proyectarse. Así, sus iniciativas no solo generan ingresos, también cuidan la selva, fortalecen la comunidad y construyen oportunidades para las nuevas generaciones.
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