Viajar muy lejos para asegurar alimentos y salud

World Vision Ecuador
Jun 7, 2021 10:00:00 AM

No se sabe con exactitud cuántas niñas, niños y adolescentes venezolanos viven actualmente en Ecuador. Hasta noviembre de 2020, se conocía que 82 000 niños venezolanos pasaron por puertos reconocidos del país, otros 47 000 ingresaron por pasos irregulares, 1721 niños y niñas obtuvieron visa humanitaria y 6900 bebés de personas migrantes nacieron aquí. Estas cifras son aproximadas porque no hay registros oficiales.

Ami es una niña migrante de 5 años que viajó por casi 3,000 kilómetros desde su natal Falcón, en el caribe venezolano, hasta la ciudad de Huaquillas, en la frontera de Ecuador con Perú. Viajó junto a su abuela Nancy (53) y su papá Anfernee (25). El ingreso de Ami al país, a inicios de marzo de 2021, fue por una trocha porque no tiene sus documentos regularizados. De ese tramo de su viaje guarda como recuerdo el único juguete que tiene, un peluche de Mickey Mouse al que su abuela lo lavó y le dio un par de puntadas para que no pierda definitivamente su forma. 

El 20 de abril, Ami asistió a la Escuela Príncipe de Paz de Huaquillas con varias familias a la entrega de cupones de alimentos, kits de bioseguridad y kits de bebés para migrantes en situación de calle, que se coordinó con el Ministerio de Inclusión Social y Económica de Ecuador y ADRA. La naturalidad con que la niña se integró a jugar con con Sofía, Isabela y dos colaboradoras de World Vision no fue algo que llamó la atención, las niñas son libres y espontáneas cuando de jugar se trata. El momento en que Ami no respondió a las preguntas que le hacía Salomé, miembro del equipo de Comunicaciones de World Vision, fue lo que sorprendió.

“Me imaginé que la niña era tímida con los adultos que no conocía, aunque su constante sonrisa me decía todo lo contrario. Su papá, junto a otros adultos, se dirigía a la mesa de entregas y la niña lo saludó, Anfernee levantó su mano e hizo un par de señas poco usuales. A la distancia, comentó que Ami no escucha ni habla. En ese momento todo me quedó claro” comenta Salomé. 

No saben si la discapacidad de Ami es por un problema de nacimiento o como consecuencia de los fuertes antibióticos que la niña recibió como tratamiento para curar una severa infección de vías urinarias que tuvo a los 8 meses de nacida. 

“Cuando llegó la edad en que Ami debía hablar y solo emitía unos sonidos ahogados, la llevamos a un especialista que nos dijo que la niña era sorda y que no iba a hablar,” dice Nancy. “Nunca recibió terapia que le ayude a mejorar su condición. La discapacidad de mi nieta nunca le preocupó al sistema de salud de Venezuela.” 

La niña no se despega de su abuela, la busca con la mirada y cuando están juntas ella busca mantener contacto. Nancy es protectora y amorosa con Ami.  

“Mi nieta no habla y no escucha, eso le hace muy vulnerable a un accidente o a personas que le pueden hacer daño, por eso nunca la pierdo de vista,” dice Nancy. Nancy cuida de Ami desde que la niña tiene 1 año de edad, cuando su mamá decidió separarse de Anfernee y viajar a Perú a buscar mejores días. 

“La mamá de Ami tiene contacto esporádico con la niña y a veces hacen videoconferencias, pero están separadas desde hace cuatro años,” dice Nancy. “Cuando mi hijo decidió ir a buscar trabajo en Colombia la niña se quedó conmigo. Por eso, yo le considero a Ami una hija más.” 

La discapacidad de Ami y la falta de alimentos en Venezuela son la mayor motivación de Anfernee para migrar en búsqueda de un lugar donde puedan ayudar a la niña a mejorar su condición de vida. 

La ciudad de Huaquillas, en la frontera con Perú, es el paso principal de los migrantes venezolanos que se dirigen al sur del continente, tras haber pasado antes por Colombia y Ecuador. Desde finales de enero de 2021, la ciudad ha recibido a cientos de familias a raíz del cierre de frontera, por lo que muchos migrantes han tenido que hacer de las calles su hogar. Según datos de la Alcaldía de Huaquillas, aproximadamente 200 familias, en su mayoría venezolanas, están en situación de calle y de ellas entre el 20% y el 30% son niñas, niños y adolescentes. Ami es parte de esta estadística porque sus primeros siete días en Huaquillas los vivió en la calle. 

Nancy dice que una de las mayores repercusiones del viaje y de vivir en la calle se refleja en la  alimentación de Ami. “No tenemos un lugar para cocinar, no tenemos utensilios y el poco dinero que conseguimos es para una comida,” dice Nancy. “Hay días en que mi hijo no tiene nada para vender y pide comida; le regalan gaseosas, golosinas y eso come la niña. No podemos comprar verduras o frutas porque con el calor se dañan rápidamente o no podemos cocinar bien porque el fogón que hay en este sitio debemos turnamos para usarlo.” 

Durante este tiempo la niña no tiene horarios de comida, sino que se alimenta cuando llega mi hijo con lo que ganó en el día. También es difícil que Ami coma algo nutritivo por las condiciones en las que vivimos y porque no tiene la costumbre de comer algo diferente a arroz, caraotas o arepa que era con lo que nos alimentamos en Venezuela. Espero que poco a poco ella vaya conociendo nueva comida. 

Además, Nancy ha notado que la niña tiene malestar con su estómago porque se queja y en las noches se levanta con picazones. Asegura que es por la poca salubridad en la que viven que no les permite lavar sus manos de manera correcta, no tienen jabón, no hay acceso a agua de calidad, pasan mucho tiempo a la intemperie y los alimentos, en su mayoría, no tienen aporte alimenticio. Muchas veces, como estrategia para asegurar la comida de Ami, uno de los adultos deja de comer para que la niña se alimente.     

Después de 7 días de vivir en la cancha techada, Anfernee y otros tres jóvenes jefes de hogares encontraron una casa. Este cambio es bienvenido para los cansados migrantes. Ahora tienen un lugar al que llamar hogar. No es mucho, es una casa de aproximadamente 80 metros cuadrados con un techo de zinc oxidado y un jardín que estuvo abandonado. En esta casa de cuatro ambientes vivirán nueve adultos y cuatro niñas, Ami es la mayor de todas ellas. Y no están seguros de cómo van a llegar a fin de mes. Pero ahora la familia de Ami quiere comenzar una nueva vida, tal vez instalarán un puesto de arepas o iniciarán con un taller de mecánica de motos, que es lo que sabe hacer su papá. Por lo pronto, su meta a corto plazo, es que Ami reciba atención médica y que pueda asistir a una escuela donde pueda aprender lenguaje de señas y sea más independiente.

Nueva llamada a la acción

 

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